Cultura y migración:
construir puentes cuando los muros son de papel y de hormigón
¿Qué funciona cuando gestionamos proyectos culturales para la inclusión social? ¿Cómo podemos construir puentes de doble dirección?
A veces, los muros más altos no están en las fronteras, ni se construyen con ladrillos. Los muros más difíciles de saltar son los de papel —la burocracia infinita, el NIE que no llega— y los de cristal, esos que nos permiten ver al otro, pero no tocarlo, ni comprenderlo, ni dejar que se mezcle con nosotros.
Como gestores culturales o ciudadanos inquietos, solemos acercarnos a la realidad de la migración con el corazón en la mano. Queremos ayudar, queremos integrar. Pero, a menudo, tropezamos con una piedra que brilla mucho, pero que es peligrosa: el exotismo.
Seguro que te suena la escena: Un festival «multicultural» donde se invita a personas refugiadas a cocinar un plato típico o a bailar una danza ancestral. Está bien, es un comienzo. Pero ¿qué pasa al día siguiente? ¿Hemos construido un puente o simplemente hemos montado un escaparate para consumir «cultura ajena» desde la comodidad de nuestra butaca? Comer juntos esos platos es mucho más eficaz porque permite la interactuación y el conocimiento del otro.
La trampa del folclorismo bienintencionado
El problema del folclorismo es que congela a las personas en el pasado. Cuando le pedimos a alguien que acaba de cruzar el Mediterráneo o que ha huido de una guerra que solo nos muestre su «tradición», le estamos negando el derecho a ser un sujeto contemporáneo. Le estamos diciendo: «Tú eres tu origen, y nada más»
La integración real no va de enseñar lo que traen en la maleta, sino de ver qué podemos construir juntos hoy. El riesgo de quedarnos en la superficie es convertir la tragedia y la resiliencia en un producto de consumo estético. Una postal bonita de colores vibrantes que, en el fondo, no cuestiona nuestras propias estructuras de privilegio.
Es lo que algunos llamamos la «asimetría de la hospitalidad»: yo te invito, yo pongo las reglas, tú me entretienes y luego te vas a tu centro de acogida o a tu piso compartido en la periferia.
“ El riesgo de quedarnos en la superficie es convertir la tragedia y la resiliencia en un producto de consumo estético. ”
Herramientas para una cultura que realmente abra puertas
Entonces, ¿cómo podemos hacerlo bien? ¿Cómo evitamos que nuestros proyectos se conviertan en un safari emocional? Aquí van algunas claves que hemos aprendido a base de ver aciertos y, sobre todo, muchos errores:
1.- Dejar de «dar voz» y empezar a compartir el micrófono. Las personas migrantes ya tienen voz. Lo que necesitan son espacios de poder. Si vas a hacer un proyecto sobre migración, ¿quién lo dirige? ¿Quién toma las decisiones económicas? La mediación cultural debe ser horizontal. Si ellos no están en la mesa de diseño, no es integración, es una tutoría.
2.- Huir de la «etiqueta única». Un refugiado sirio puede ser ingeniero, amante del punk o experto en jardinería. Si solo lo llamamos para hablar de su condición de refugiado, lo estamos despojando de su identidad compleja. La cultura debe ser el espacio donde dejen de ser «el otro» para ser, simplemente, el artista, el vecino o el colaborador.
3.- La profesionalización como respeto. Se acabó eso de pedir que colaboren «por la visibilidad» o de forma voluntaria por el simple hecho de ser migrantes. El trabajo cultural es trabajo. Dignificar económicamente su participación es la primera barrera contra la exclusión.
4.- Interactuar, no aislar. El objetivo no es que ellos hagan «su cultura» y nosotros «la nuestra». Lo interesante ocurre en el roce, en la mezcla. Un proyecto de teatro donde se mezclen lenguas, un taller de fotografía donde el barrio se mire a sí mismo a través de ojos nuevos. Ahí es donde el muro se agrieta.
“ Dignificar económicamente la participación de los migrantes en actividades culturales es la primera barrera contra la exclusión. ”
Herramientas para una cultura que realmente abra puertas
El muro no se levanta de golpe. Se construye ladrillo a ladrillo, con decisiones cotidianas que parecen neutras pero que excluyen.
Los textos de sala escritos para especialistas, que hablan de «dialéctica entre la forma y el vacío» sin explicar nada. La comunicación institucional que replica siempre los mismos canales y llega siempre al mismo público. Los horarios que ignoran que mucha gente trabaja de lunes a viernes. La ausencia de propuestas para familias, para mayores, para jóvenes que nunca han pisado un museo. La programación diseñada desde el escritorio, sin preguntar a la comunidad qué necesita o qué le interesa.
Y el más difícil de reconocer: la actitud. Esa cultura institucional implícita que trata al visitante como receptor pasivo de conocimiento en lugar de como protagonista de su propia experiencia.
Construir puentes es un ejercicio de incomodidad
No nos engañemos. La gestión cultural con enfoque social no es siempre un camino de rosas. A veces hay malentendidos, choques de ritmos o expectativas frustradas. Pero es ahí, en esa pequeña fricción, donde ocurre la magia, donde aparecen las zonas de comprensión, diálogo y entendimiento. Donde se dan las condiciones para comenzar a tender esos puentes.
Por lo tanto, si queremos que la cultura sea una herramienta de inclusión real, debemos pasar de la exhibición a la co-creación. Debemos dejar de ver a las personas migrantes como beneficiarios pasivos para verlos como agentes culturales activos. Debemos dejar de verlos como receptores y otorgarles el papel de creadores o co-creadores.
En definitiva, se trata de entender que los puentes no se construyen para que alguien pase de un lado a otro y se quede allí «agradecido», sino para que todos podamos transitar por ellos y encontrarnos en el medio. Menos folclore de postal y más derechos; menos exotismo y más humanidad compartida. Al fin y al cabo, la cultura no es algo que se tiene, es algo que se hace. Y mejor si lo hacemos juntos.
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